sábado 30 de abril de 2011
Memorias casi 50 años después: viejos políticos
Los políticos: buenas y malas costumbres
Hace algunos años llegó a mi casa una carta anónima. Iba dirigida contra un gran amigo literato que había caído en desgracia con el poder. Era una misiva injuriosa, descalificadora, denigrante, chanta.
Tiempo después, me tocó vivir una situación algo similar. Había emprendido la idea de hacer un documental sobre las buenas costumbres de los viejos políticos para transmitirle esa experiencia a los jóvenes, especialmente a aquellos desencantados con la política.Para ello me vinculé con una productora.
Cuando el video estuvo listo pedí revisarlo y como había algunos errores de edición, solicité que fuesen cambiados, cuestión que no agradó al jefe de aquella productora y su séquito de amigos, para los cuales mi rigurosidad pareció ser una afrenta. El resultado es que llegó el día del estreno y minutos antes, me entregaron el video, tras lo cual, sin quedarse a ver el trabajo, se retiraron sospechosamente.
El video se exhibió ante un numeroso público y al final de éste, los créditos habían sido intervenidos maliciosamente.
¿Qué tenían en común ambas acciones? Habían sido urdidas cobardemente, craneadas macabramente con el propósito de infringir el mayor daño sicológico posible, con la falta de dignidad propia de quien tira la piedra y esconde la mano.
Retomando el tema de la carta, que también había llegado a un seleccionado grupo de exponentes de la cultura local, levanté el teléfono y llamé a mi amigo para expresarle mi solidaridad, pero lejos de encontrar en él a un tipo abatido, nos pusimos a reir del contenido de la misma y analizamos la carencia de valores éticos de quienes la habían escrito. Años después, sin quererlo me enteré de quiénes, en qué circunstancias y en qué lugar se tramó aquello. Uno de los que participó de aquella reunión y que no estuvo de acuerdo con la carta, me lo contó.
Respecto del video, semanas después, al parecer arrepentidos por su actuar, los de la productora me enviaron una carta, me llamaban por teléfono y hasta se tomaron la molestia de remitirme un presente, implorándome que les disculpara.
Al cabo de un tiempo, al notar que la angustia de ellos era valedera, opté por aceptar sus disculpas. Tiempo después, se volvió a rodar el documental corregido. Tras la exhibición, al principal causante de esa acción le di un abrazo para liberarlo de sus remordimientos y tras dirigir algunas palabras al público presente me quebré emocionalmente.
Aprendí de una amiga, que frente a un hecho negativo siempre hay que anteponer algo positivo.
Por eso rescato de aquel documental los momentos emotivos vividos entrevistando a esos próceres políticos, algunos octogenarios y nonagenarios, a los que quise arrancarle no sólo sus frías vivencias políticas, sus fragores electorales, sino también sus emociones. Iban de derecha a izquierda, sin distingos. Don Manuel Tagle, viejo diputado conservador de Padre Hurtado, que recordaba sus encuentros con el sacerdote jesuita convertido en santo, pues su padre le había donado el terreno para que se levantara el noviciado actualmente allí existente. La picardía de don Antonio Venegas, socialista, dos veces alcalde de Peñaflor, y su mirada campechana y pueblerina de la política, con un alzheimer que estaba en ciernes, por lo cual su señora nos pidió que lo entrevistáramos muy temprano, porque a esa hora se sentía mejor . Don Francisco Kellendonk, democratacristiano, y su pausado discurso, calmo, con una bonhomía impactante y unos sorprendentes recuerdos con Violeta Parra. Don Amalfi Torres, pícaro radical, alegre, un viejo maestro de noventa años, pero más parecido a un niño travieso. Don Octavio Leiva, de quien tenía una imagen de político duro e intransigente, el cual derramó lágrimas frente a la cámara, impactado por la dura realidad social de los niños talagantinos descalzos, en los tiempos que se iniciaba en la política. Me dijo: "por familia y por recursos yo debía haber sido de derecha, pero cuando vi esa pobreza me hice de izquierda". Y finalmente, don Luis Muñoz, el primer y único regidor comunista en la historia de Talagante, un gentleman, culto, caballero, respetuoso, que llevaba a sus espaldas una historia trágica. Con decir que era un niño cuando estuvo detenido por primera vez en virtud de la Ley Maldita de Gabriel González Videla. No pude dejar de emocionarme cuando narra el momento en que uno de sus hijos, apenas un adolescente, detenido en un campo de concentración tras el Golpe militar de 1973, cuando ya se le daba por perdido, apareció en su casa en la víspera de una Nochebuena.
En aquellas entrevistas pasábamos de las lágrimas a las risas. Don Amalfi, tallero, nos pedía que las entrevistas fueran más seguidas, porque era la única forma que su señora pusiera galletas para acompañar el café. Don Antonio recordando las travesuras contra su contrincante, don Manuel Tagle, a quien consideraba uno de los políticos más "macanudos" que había conocido, pese a la diferencia abismante de ideas. Por otra parte, don Manuel, emocionado, nos pedía que le lleváramos los cariños a don Antonio. Al propio don Manuel cantando en francés, haciendo gala de su refinada educación de joven, acompañado por su atenta hija Regina al piano. Don Francisco recitando y don Amalfi declamando un viejo poema llamado "El Pidén", que se acostumbraba, según nos dijo, en sus tiempos de niño escolar.
Hubo también momentos hilarantes, como cuando me atreví a preguntarle a don Octavio si le molestaba que le dijeran "El Pelao Leiva", y él, que tenía una calvicie que lo había acompañado de por vida, me respondió con algo de suspenso: ¿Porqué me voy a enojar? !No vé que soy pela´o! Y soltó la risa.
Y don Antonio, cantando un clásico tango: "Adiós muchachos, compañeros de mi vida/barra querida de aquellos tiempos/ Me toca a mí hoy emprender la retirada/
debo alejarme de mi buena muchachada/ Adiós muchachos, ya me voy y me resigno/Contra el destino nadie la talla/Se terminaron para mí todas las farras/ mi cuerpo enfermo no resiste más.
Con ese tango cierra el documental, preámbulo de una partida, porque apenas tiempo después llegó la hora final de don Antonio, don Octavio y don Manuel.
sábado, 30 de abril de 2011
Memorias casi 50 años después: viejos políticos
Los políticos: buenas y malas costumbres
Hace algunos años llegó a mi casa una carta. Iba dirigida contra un gran amigo literato que había caído en desgracia con el poder. Era una misiva injuriosa, descalificadora, denigrante, chanta.
Tiempo después, me tocó vivir una situación algo similar. Había emprendido la idea de hacer un documental sobre las buenas costumbres de los viejos políticos para transmitirle esa experiencia a los jóvenes, especialmente a aquellos desencantados con la política.
Para ello, me vinculé con una productora. Cuando el video estuvo listo pedí revisarlo y como había algunos errores de edición, solicité que fuesen cambiados, cuestión que no agradó al jefe de aquella productora y su séquito de amigos, para los cuales mi rigurosidad pareció ser una afrenta. El resultado es que llegó el día del estreno y minutos antes, aquél que aparecía en los créditos como el director del film y uno se sus seguidores, me entregaron el video, tras lo cual, sin quedarse a ver el trabajo, se retiraron sospechosamente.
El video se exhibió ante un numeroso público y al final de éste, los créditos habían sido intervenidos maliciosamente.
¿Qué tenían en común ambas acciones? Habían sido urdidas cobardemente, craneadas macabramente con el propósito de infringir el mayor daño sicológico posible, con la falta de dignidad propia de quien tira la piedra y esconde la mano.
Retomando el tema de la carta, que también había llegado a un seleccionado grupo de exponentes de la cultura local, levanté el teléfono y llamé a mi amigo para expresarle mi solidaridad, pero lejos de encontrar en él a un tipo abatido, nos pusimos a reir del contenido de la misma y analizamos la carencia de valores éticos de quienes la habían escrito. Años después, sin quererlo me enteré de quienes, en qué circunstancias y en qué lugar se tramó aquello. Uno de los que participó de aquella reunión y que no estuvo de acuerdo con la carta, me lo contó.
Respecto del video, semanas después, al parecer arrepentidos por su cobarde actuar, los de la productora me enviaron una carta, me llamaban por teléfono y hasta se tomaron la molestia de remitirme un presente, implorándome que les disculpara.
Al cabo de un tiempo, al notar que la angustia de ellos era valedera, opté por aceptar sus disculpas. Tiempo después, se volvió a rodar el documental corregido. Tras la exhibición, al principal causante de esa acción le di un abrazo para liberarlo de sus remordimientos y tras dirigir algunas palabras al público presente me quebré emocionalmente.
Hace tiempo aprendí de una amiga, que frente a un hecho negativo siempre hay que anteponer algo positivo.
Por eso rescato de aquel documental los momentos emotivos vividos entrevistando a esos próceres políticos, algunos octogenarios y nonagenarios, a los que quise arrancarle no sólo sus frías vivencias políticas, sus fragores electorales, sino también sus emociones. Iban de derecha a izquierda, sin distingos. Don Manuel Tagle, viejo diputado conservador de Padre Hurtado, que recordaba sus encuentros con el sacerdote jesuita convertido en santo, pues su padre había donado el terreno para que se levantara el noviciado actualmente allí existente. La picardía de don Antonio Venegas, socialista, dos veces alcalde de Peñaflor, y su mirada campechana y pueblerina de la política, con un alzheimer que estaba en ciernes, por lo cual su señora nos pidió que lo entrevistáramos muy temprano, porque a esa hora se sentía mejor . Don Francisco Kellendonk, democratacristiano, y su pausado discurso, calmo, con una bonhomía impactante y unos sorprendentes recuerdos con Violeta Parra. Don Amalfi Torres, pícaro radical, alegre, un viejo maestro de noventa años, pero más parecido a un niño travieso. Don Octavio Leiva, de quien tenía una imagen de político duro e intransigente, el cual derramó lágrimas frente a la cámara, impactado por la dura realidad social de los niños talagantinos descalzos, en los tiempos que se iniciaba en la política. Me dijo: "por familia y por recursos yo debía haber sido de derecha, pero cuando vi esa pobreza me hice de izquierda". Y finalmente, don Luis Muñoz, el primer y único regidor comunista en la historia de Talagante, un gentleman, culto, caballero, respetuoso, que sin embrgo llevaba a sus espaldas una historia trágica. Con decir que era un niño cuando estuvo detenido por primera vez en virtud de la Ley Maldita de Gabriel González Videla. No pude dejar de emocionarme cuando narra el momento en que uno de sus hijos, apenas un adolescente, detenido en un campo de concentración tras el Golpe militar de 1973, cuando ya se le daba por perdido, apareció en su casa en la víspera de una nochebuena.
En aquellas entrevistas pasábamos de las lágrimas a las risas. Don Amalfi, tallero, nos pedía que las entrevistas fueran más seguidas, porque era la única forma que su señora pusiera galletas para acompañar el café. Don Antonio recordando las travesuras contra su contrincante, don Manuel Tagle, a quien consideraba uno de los políticos más "macanudos" que había conocido, pese a la diferencia abismante de ideas. Por otra parte, don Manuel, emocionado, nos pedía que le lleváramos los cariños a don Antonio. Al propio don Manuel cantando en francés, haciendo gala de su refinada educación de joven, acompañado por su atenta hija Regina al piano. Don Francisco recitando y don Amalfi declamando un viejo poema llamado "El Pidén", que se acostumbraba, según nos dijo, en sus tiempos de niño escolar.
Hubo también momentos hilarantes, como cuando me atreví a preguntarle a don Octavio si le molestaba que le dijeran "El Pelao Leiva" y él, que tenía una calvicie que lo había acompañado de por vida, me respondió con algo de suspenso: ¿por qué me voy a enojar?, ¡si soy pela´o! y soltó la risa.
Y don Antonio, cantando un clásico tango: Adiós muchachos, compañeros de mi vida,barra querida de aquellos tiempos. Me toca a mí hoy emprender la retirada,
debo alejarme de mi buena muchachada. Adiós muchachos. Ya me voy y me resigno.Contra el destino nadie la talla. Se terminaron para mí todas las farras, mi cuerpo enfermo no resiste más.
Con ese tango cierra el documental, preámbulo de una partida, porque apenas tiempo después llegó la hora final de don Antonio, don Octavio y don Manuel.
Hernán Bustos Valdivia
Hace algunos años llegó a mi casa una carta. Iba dirigida contra un gran amigo literato que había caído en desgracia con el poder. Era una misiva injuriosa, descalificadora, denigrante, chanta.
Tiempo después, me tocó vivir una situación algo similar. Había emprendido la idea de hacer un documental sobre las buenas costumbres de los viejos políticos para transmitirle esa experiencia a los jóvenes, especialmente a aquellos desencantados con la política.
Para ello, me vinculé con una productora. Cuando el video estuvo listo pedí revisarlo y como había algunos errores de edición, solicité que fuesen cambiados, cuestión que no agradó al jefe de aquella productora y su séquito de amigos, para los cuales mi rigurosidad pareció ser una afrenta. El resultado es que llegó el día del estreno y minutos antes, aquél que aparecía en los créditos como el director del film y uno se sus seguidores, me entregaron el video, tras lo cual, sin quedarse a ver el trabajo, se retiraron sospechosamente.
El video se exhibió ante un numeroso público y al final de éste, los créditos habían sido intervenidos maliciosamente.
¿Qué tenían en común ambas acciones? Habían sido urdidas cobardemente, craneadas macabramente con el propósito de infringir el mayor daño sicológico posible, con la falta de dignidad propia de quien tira la piedra y esconde la mano.
Retomando el tema de la carta, que también había llegado a un seleccionado grupo de exponentes de la cultura local, levanté el teléfono y llamé a mi amigo para expresarle mi solidaridad, pero lejos de encontrar en él a un tipo abatido, nos pusimos a reir del contenido de la misma y analizamos la carencia de valores éticos de quienes la habían escrito. Años después, sin quererlo me enteré de quienes, en qué circunstancias y en qué lugar se tramó aquello. Uno de los que participó de aquella reunión y que no estuvo de acuerdo con la carta, me lo contó.
Respecto del video, semanas después, al parecer arrepentidos por su cobarde actuar, los de la productora me enviaron una carta, me llamaban por teléfono y hasta se tomaron la molestia de remitirme un presente, implorándome que les disculpara.
Al cabo de un tiempo, al notar que la angustia de ellos era valedera, opté por aceptar sus disculpas. Tiempo después, se volvió a rodar el documental corregido. Tras la exhibición, al principal causante de esa acción le di un abrazo para liberarlo de sus remordimientos y tras dirigir algunas palabras al público presente me quebré emocionalmente.
Hace tiempo aprendí de una amiga, que frente a un hecho negativo siempre hay que anteponer algo positivo.
Por eso rescato de aquel documental los momentos emotivos vividos entrevistando a esos próceres políticos, algunos octogenarios y nonagenarios, a los que quise arrancarle no sólo sus frías vivencias políticas, sus fragores electorales, sino también sus emociones. Iban de derecha a izquierda, sin distingos. Don Manuel Tagle, viejo diputado conservador de Padre Hurtado, que recordaba sus encuentros con el sacerdote jesuita convertido en santo, pues su padre había donado el terreno para que se levantara el noviciado actualmente allí existente. La picardía de don Antonio Venegas, socialista, dos veces alcalde de Peñaflor, y su mirada campechana y pueblerina de la política, con un alzheimer que estaba en ciernes, por lo cual su señora nos pidió que lo entrevistáramos muy temprano, porque a esa hora se sentía mejor . Don Francisco Kellendonk, democratacristiano, y su pausado discurso, calmo, con una bonhomía impactante y unos sorprendentes recuerdos con Violeta Parra. Don Amalfi Torres, pícaro radical, alegre, un viejo maestro de noventa años, pero más parecido a un niño travieso. Don Octavio Leiva, de quien tenía una imagen de político duro e intransigente, el cual derramó lágrimas frente a la cámara, impactado por la dura realidad social de los niños talagantinos descalzos, en los tiempos que se iniciaba en la política. Me dijo: "por familia y por recursos yo debía haber sido de derecha, pero cuando vi esa pobreza me hice de izquierda". Y finalmente, don Luis Muñoz, el primer y único regidor comunista en la historia de Talagante, un gentleman, culto, caballero, respetuoso, que sin embrgo llevaba a sus espaldas una historia trágica. Con decir que era un niño cuando estuvo detenido por primera vez en virtud de la Ley Maldita de Gabriel González Videla. No pude dejar de emocionarme cuando narra el momento en que uno de sus hijos, apenas un adolescente, detenido en un campo de concentración tras el Golpe militar de 1973, cuando ya se le daba por perdido, apareció en su casa en la víspera de una nochebuena.
En aquellas entrevistas pasábamos de las lágrimas a las risas. Don Amalfi, tallero, nos pedía que las entrevistas fueran más seguidas, porque era la única forma que su señora pusiera galletas para acompañar el café. Don Antonio recordando las travesuras contra su contrincante, don Manuel Tagle, a quien consideraba uno de los políticos más "macanudos" que había conocido, pese a la diferencia abismante de ideas. Por otra parte, don Manuel, emocionado, nos pedía que le lleváramos los cariños a don Antonio. Al propio don Manuel cantando en francés, haciendo gala de su refinada educación de joven, acompañado por su atenta hija Regina al piano. Don Francisco recitando y don Amalfi declamando un viejo poema llamado "El Pidén", que se acostumbraba, según nos dijo, en sus tiempos de niño escolar.
Hubo también momentos hilarantes, como cuando me atreví a preguntarle a don Octavio si le molestaba que le dijeran "El Pelao Leiva" y él, que tenía una calvicie que lo había acompañado de por vida, me respondió con algo de suspenso: ¿por qué me voy a enojar?, ¡si soy pela´o! y soltó la risa.
Y don Antonio, cantando un clásico tango: Adiós muchachos, compañeros de mi vida,barra querida de aquellos tiempos. Me toca a mí hoy emprender la retirada,
debo alejarme de mi buena muchachada. Adiós muchachos. Ya me voy y me resigno.Contra el destino nadie la talla. Se terminaron para mí todas las farras, mi cuerpo enfermo no resiste más.
Con ese tango cierra el documental, preámbulo de una partida, porque apenas tiempo después llegó la hora final de don Antonio, don Octavio y don Manuel.
Hernán Bustos Valdivia
Etiquetas:
Amalfi Torres,
Antonio Venegas,
Francisco Kellendonk,
Luis Muñoz,
Manuel Tagle,
Octavio Leiva,
Políticos
Memorias casi 50 años después
Hace algunos años llegó a mi casa una carta. Iba dirigida contra un gran amigo literato que había caído en desgracia con el poder. Era una misiva injuriosa, descalificadora, denigrante, chanta, pero craneada con el propósito de infringir el mayor daño posible en ese hueso duro de roer.
Memorias casi 50 años después
Hace algunos años llegó a mi casa una carta anónima. Iba dirigida contra un gran amigo literato que había caído en desgracia con el poder
jueves, 17 de febrero de 2011
Casi 50 años después
Dentro de poco cumpliré 47 años, pero parece que he recorrido 100.
Son tantas las vivencias, tantas las personas, tantos los paisajes y las emociones atrapadas azarosamente, que sería mezquino de mi parte no compartirlas. Por eso, a partir de hoy comienzo a escribir mis prematuras memorias, las que concluiré el 28 de febrero de 2014.
No serán memorias cronológicas, sino más bien episodios, recuerdos repentinos o traídos a colación en algún momento de inspiración. Trataré de bregar contra mi subjetividad, aunque sé que la objetividad no existe. Trataré de contar mi propia verdad, aunque tampoco la verdad existe.
¿Por qué lo hago? Simplemente porque mi nombre está presente muchas partes debido a mi manía por recoger la historia de los pueblos del valle del Maipo y porque alguien podría interesarse en el futuro en querer develar algunos misterios de esta existencia. Que si fui de izquierda o de derecha, que si fui feliz, que si me sentí realizado, que si era ególatra o quitado de bulla, que si era optimismta o pesimista, que si me animaba la construcción antes que la destrucción, que si fui idealista o pragmático, qué cuáles fueron las mujeres que amé...en fin, cosas que a usted le importarían un soberano comino, pero a otras sí, porque en algún momento a alguien podría interesarle nuestras vidas.
Hablaré de los personajes que más admiré y de los personajes que provocan repugnancia, de los famosos y los anónimos.
Son tantas las vivencias, tantas las personas, tantos los paisajes y las emociones atrapadas azarosamente, que sería mezquino de mi parte no compartirlas. Por eso, a partir de hoy comienzo a escribir mis prematuras memorias, las que concluiré el 28 de febrero de 2014.
No serán memorias cronológicas, sino más bien episodios, recuerdos repentinos o traídos a colación en algún momento de inspiración. Trataré de bregar contra mi subjetividad, aunque sé que la objetividad no existe. Trataré de contar mi propia verdad, aunque tampoco la verdad existe.
¿Por qué lo hago? Simplemente porque mi nombre está presente muchas partes debido a mi manía por recoger la historia de los pueblos del valle del Maipo y porque alguien podría interesarse en el futuro en querer develar algunos misterios de esta existencia. Que si fui de izquierda o de derecha, que si fui feliz, que si me sentí realizado, que si era ególatra o quitado de bulla, que si era optimismta o pesimista, que si me animaba la construcción antes que la destrucción, que si fui idealista o pragmático, qué cuáles fueron las mujeres que amé...en fin, cosas que a usted le importarían un soberano comino, pero a otras sí, porque en algún momento a alguien podría interesarle nuestras vidas.
Hablaré de los personajes que más admiré y de los personajes que provocan repugnancia, de los famosos y los anónimos.
martes, 6 de octubre de 2009
El venerado cráneo de José Miguel Carrera
Existió antaño entre los habitantes de El Monte una enorme veneración por una calavera que se guardaba en la capilla de El Paico, según algunos, el cráneo del mismísimo prócer José Miguel Carrera. Como se sabe, Carrera fue fusilado en Mendoza. Entonces, ¿cómo llegó tan famosa y venerable osamenta hasta este rincón? Se dice que fue Javiera Carrera quien le encargó a Toribio Rojas, un fiel servidor y correo secreto de la familia patriota, que recuperara los huesos de su querido hermano desde allende Los Andes. Rojas, en compañía de un arriero, partió hacia Mendoza por el “Derrotero de Picarte”, un atajo que cruzaba la cordillera andina y que en pocas horas permitía estar al otro lado. Trajeron la cabeza de José Miguel el 4 de septiembre de 1821 y, en medio del más hermético misterio la hicieron guardar en la capilla de El Paico, mientras pasaban los días de persecución en contra de la familia.
La famosa calavera se veneró por espacio de 131 años en la casa religiosa. Adelaida Leiva Rojas, la dueña del sitio donde aún en 1960 se levantaba la vieja capilla, afirmaba que su abuelo Toribio Rojas había traído el venerado despojo desde Mendoza, cuestión que reconfirmaba Adela Ramos Díaz de Valdés, tataranieta de doña Javiera Carrera.
La idea de doña Javiera era esperar la ocasión propicia para darle piadosa y digna sepultura una vez que volviera a Chile, pero la gente de la zona escondió la calavera, porque fue creciendo la creencia que era milagrosa y que era motivo de bien entre la gente campesina , a tal punto que en las antiguas fiestas de San Francisco de El Monte, una de las jornadas consistía en peregrinar a la capilla.
En 1964 se calculaba que su data era superior a 100 años. A la altura de la frente mostraba una rotura horizontal del tipo punzante penetrante de unos 3,5 centímetros de largo por 1,2 de ancho.
Investigando para un libro de mi autoría llamado “El Monte, 5 siglos en la tierra de los Carrera, que espero publicar como un aporte local hacia el Bicentenario, he podido averiguar que se le rindió culto hasta 1963, año en que una caravana de automóviles viajó desde Santiago con el propósito de llevarse la calavera, cuestión que se hizo tras una breve ceremonia. El cráneo fue sacado en urna de vidrio envuelta en un terciopelo morado y transportada a la capital. Su destino, según afirma una crónica, era el Museo Histórico Nacional.
A partir de entonces, poco o nada se supo de la calavera, pero lo que sí era evidente, es que se arrancó del alma de la gente una tradición tan arraigada como el espíritu patriótico de la familia Carrera.
Cuarenta y seis años después, la calavera vuelve a hacer noticia, cuando se intenta recuperar dichos restos ahora en manos de descendientes de la señora Carrera, misión que encabeza la gobernadora de Talagante Alejandra Vásquez, afán al que debemos brindar nuestro apoyo. Sea o no sea del prócer, dicha calavera fue y debe ser parte de la memoria y del alma colectiva de los chilenos y en particular de los montinos que, orgullosos, sienten que una parte del nacimiento del Chile independiente les pertenece.
La famosa calavera se veneró por espacio de 131 años en la casa religiosa. Adelaida Leiva Rojas, la dueña del sitio donde aún en 1960 se levantaba la vieja capilla, afirmaba que su abuelo Toribio Rojas había traído el venerado despojo desde Mendoza, cuestión que reconfirmaba Adela Ramos Díaz de Valdés, tataranieta de doña Javiera Carrera.
La idea de doña Javiera era esperar la ocasión propicia para darle piadosa y digna sepultura una vez que volviera a Chile, pero la gente de la zona escondió la calavera, porque fue creciendo la creencia que era milagrosa y que era motivo de bien entre la gente campesina , a tal punto que en las antiguas fiestas de San Francisco de El Monte, una de las jornadas consistía en peregrinar a la capilla.
En 1964 se calculaba que su data era superior a 100 años. A la altura de la frente mostraba una rotura horizontal del tipo punzante penetrante de unos 3,5 centímetros de largo por 1,2 de ancho.
Investigando para un libro de mi autoría llamado “El Monte, 5 siglos en la tierra de los Carrera, que espero publicar como un aporte local hacia el Bicentenario, he podido averiguar que se le rindió culto hasta 1963, año en que una caravana de automóviles viajó desde Santiago con el propósito de llevarse la calavera, cuestión que se hizo tras una breve ceremonia. El cráneo fue sacado en urna de vidrio envuelta en un terciopelo morado y transportada a la capital. Su destino, según afirma una crónica, era el Museo Histórico Nacional.
A partir de entonces, poco o nada se supo de la calavera, pero lo que sí era evidente, es que se arrancó del alma de la gente una tradición tan arraigada como el espíritu patriótico de la familia Carrera.
Cuarenta y seis años después, la calavera vuelve a hacer noticia, cuando se intenta recuperar dichos restos ahora en manos de descendientes de la señora Carrera, misión que encabeza la gobernadora de Talagante Alejandra Vásquez, afán al que debemos brindar nuestro apoyo. Sea o no sea del prócer, dicha calavera fue y debe ser parte de la memoria y del alma colectiva de los chilenos y en particular de los montinos que, orgullosos, sienten que una parte del nacimiento del Chile independiente les pertenece.
jueves, 1 de octubre de 2009
San Pedro de Melipilla...7 vidas de campo
Datos del San Pedro colonial existen muy pocos, pero es evidente que hay una presencia numerosa de naturales. Tampoco se conoce con certeza quienes fueron los encomenderos, aunque podría suponerse que uno de ellos fue Inés de Suárez, quien recibió a varios caciques y principales situados al sur de Maipo.
A la llegada de los españoles la población nativa se encontraba dispersa por quebradas y valles, en zonas donde tuvieran acceso a al agua, tanto para beber como para regar pequeños cultivos. Vivian al abrigo de ranchos o bajo árboles de pletórico follaje. Se dedicaban a la agricultura, a la recolección de alimentos y a la caza para subsistir.
Ya bastante adelantado el siglo XIX, en 1867, Francisco Solano Astaburuaga describe a la capital comunal de hoy como San Pedro de Bucalemo y apunta que una “Aldea del departamento de Rancagua, con caserío mediocre, iglesia parroquial, estafeta, dos escuelas gratuitas i 600 habitantes. Yace en los 33º 57’ latitud y 0º 40’ longitud O., a unos 70 quilómetros hacia el N.O. de la cuidad de Rancagua i 30 a 35 al N. de Peumo, entre los últimos declives occidentales de la sierra de Alhué, que se enlazan con la serranía aproximada al pacifico. Es de contornos cerriles i descampados literalmente. Por la inmediación del norte corre el riachuelo de Yali, que termina en la laguna i salinas de Bucalemo sobre la misma.”
Municipalidad de Loica
La municipalidad de Loica fue creada el 22 de diciembre de 1891, junto con otras cientos noventa y cuatro a lo largo del país. Esta aparece correlativamente en el numero 81 y su territorio comprendería las subdelegaciones 12 y 13 del departamento de Melipilla.
Fue en marzo de 1894 que se llevan a cabo las primeras elecciones municipales destinadas a elegir a los tres alcaldes y los seis regidores que conformarían el municipio. El resultado de la elección fue el siguiente: Francisco Santa Cruz, 109 votos; Enrique Bosso, 107, Jenaro Prado, 100 sufragios: Santos Segundo González, 97; Celestino Silva, Joaquín de la Sierra y Natalio Mesa, 80 votos; Joaquín Correa, 76; Senen de la Jara Quemada, Braulio Bustos y Lindor Álvarez, 73 sufragios, mientras que Fernando Briceño y Tadeo Maldonado Sumaron 71 Votos.
La sesión de instalación se efectuó el 27 de mayo de 1894 y no estuvo exenta de polémica. Las arduas disputas entre conservadores y liberales, cuando aún estaba fresco el recuerdo de la cruenta guerra civil de 1981 que termino con el suicidio del presidente José Manuel Balmaceda, se trasladaban hasta los gobiernos comunales. Es en este contexto que en la casa del hacendado Joaquín de la sierra, conservador, situada en el fundo Santa Rosa, se escenifica este momento histórico para el municipio Loicano.
Como queda de manifiesto, el nuevo municipio no tenía morada en Loica, que era la cabecera de la comuna, sino que debió sesionar en sus primeros tiempos en las casas patronales del fundo Santa Rosa Lo Sierra.
No fue un simple decreto el que cambio la cabecera de la comuna de Loica a San Pedro. En realidad, son una serie de hechos circunstanciales los que van a intervenir. En primer lugar, la naciente municipalidad no contaba con un local fijo donde sesionar. De hecho, la sesión inaugural, como ya dijimos, se llevo a cabo en las casas del hacendado de Santa Rosa, Joaquín de la Sierra. Luego, debe arrendarse un recinto en Loica a Francisco Undurraga, quien solicita que se desocupe la propiedad en mayo de 1903, razón por la cual el alcalde Nicasio Saavedra queda encargado de buscar un nuevo local. En consecuencia, por razones de arriendo el nuevo local se asienta en San Pedro aunque el segundo alcalde Roberto Santa Cruz advierte que la situación es ilegal, haciendo, por consiguiente, una indicación para que las oficinas municipales nuevamente se trasladen a Loica. La moción es aprobada y el propio Santa Cruz queda encargado de localizar una casa para su funcionamiento, lo cual quedo trunco con una nueva determinación de los municipales que la dejan sin efecto y deciden permanecer en San Pedro, en una casa que se arrienda a José Senén de la Jara Quemada.
Un año más tarde, en 1904, la idea de que la municipalidad permanezca en San pedro se asienta con fuerza, ya que se acuerda formar una comisión para comprar un terreno en la plaza del pueblo, en ese entonces propiedad del banco Santiago. Se concuerda gastar en la compra del sitio y la construcción del edificio la suma de 2000 pesos.
Pese a estar ya durante tres años en San Pedro, el tema de permanencia de la municipalidad en dicho lugar no estaba del todo establecido, solo el 6 de mayo de 1906 la situación se aborda con mayor rigor, argumentando los partidarios de que se mantuviera en San Pedro la presencia también en este lugar de las oficinas del registro civil, del correo y de la parroquia. Recordemos que en esos años no existía la separación Iglesia-Estado. Es entonces cuando se encarga al tercer alcalde Manuel Julio Farias “que se ponga al habla con don Federico Hermosilla para efecto de comprarle un terreno en San Pedro, donde se edificarán las oficinas municipales”.
Comprando el sitio, se inició la edificación de la primera casa consistorial, que se inauguró el 18 de septiembre de 1907, junto con la elaboración del aniversario patrio. Como el hito ameritaba una gran recepción, los municipales encabezados por el alcalde Guillermo González acuerdan gastar 250 pesos para agasajar con un almuerzo a los invitados para tan solemne ocasión. De esta manera, la municipalidad se radicó en San Pedro, aunque siguió llamándose Loica por las siguientes dos décadas.
Parroquias e iglesias
En 1744 el vecino Santiago Núñez regalo cincuenta cuadras de tierras en el lugar llamado San Pedro. Fue allí que el dinámico párroco Bernardo Carreño edificó lo que seria el segundo templo de esta extensa jurisdicción. Carreño había llegado el 31 de julio de 1730 a ocupar, en carácter de interino, el curato, que a esas alturas había variado su nombre al de San Pedro de Chocalán, cargo que asumió como titular en el 15 de octubre de 1732. “Al doctor Carreño se debió la construcción de la iglesia de San Pedro de Chocalán”, dice la relación de meritos y servicios de este sacerdote fechada en Madrid en febrero de 1753.
Bernardo Carreño era un hombre familiar para la zona y su paso lo refrenda también la fundación de la villa San Jerónimo de la Sierra, hoy conocida como villa Alhué, hasta donde llegaba este cura en los primeros años del naciente pueblo. Pero su relación venia de mucho antes, ya que en su condición de cura en los primeros años de párroco del curato concurría hasta el mineral de El Asiento. De hecho, Carreño participa directamente en el reconocimiento del lugar mas apropiado para elegir la villa de Alhué en enero de 1753, junto al corregidor Ignacio Baeza. Bernardo Carreño y Cisternas falleció el 28 de mayo de 1755.
El 2 de abril de 1857 un fuerte temblor azoto la zona a las 06:30 de la mañana, dejando a la iglesia de San Pedro en estado ruinoso, según lo consigna el subdelegado Pedro José López al gobernador del departamento de Rancagua, señalando que “esta completamente ruinosa, no ha quedado teja ninguna, las paredes enteramente desplomadas, con grietas de una cuarta de ancho. En una palabra no podrá ya componerse y será preciso abandonarla y edificar otra”
El cura José Ignacio Saavedra Construyo las nuevas edificaciones para la iglesia y casa parroquial a partir de 1858 la que traslado a un lugar distante doce cuadras de la iglesia antigua. El nuevo templo fue bendecido por el párroco Delfín Turriaga en 1879. El cura Federico Hermosilla efectuó algunos trabajos de reparación, los que debieron intensificarse tras el terremoto de 1906. Esta tarea le cupo al párroco de más larga estadía como tal, en total, treinta y cinco años, tiempo más que suficiente para no pasar desapercibido.
Extracto de la obra San Pedro de Melipilla...7 vidas de campos, inédita, de Hernán Bustos Valdivia.
A la llegada de los españoles la población nativa se encontraba dispersa por quebradas y valles, en zonas donde tuvieran acceso a al agua, tanto para beber como para regar pequeños cultivos. Vivian al abrigo de ranchos o bajo árboles de pletórico follaje. Se dedicaban a la agricultura, a la recolección de alimentos y a la caza para subsistir.
Ya bastante adelantado el siglo XIX, en 1867, Francisco Solano Astaburuaga describe a la capital comunal de hoy como San Pedro de Bucalemo y apunta que una “Aldea del departamento de Rancagua, con caserío mediocre, iglesia parroquial, estafeta, dos escuelas gratuitas i 600 habitantes. Yace en los 33º 57’ latitud y 0º 40’ longitud O., a unos 70 quilómetros hacia el N.O. de la cuidad de Rancagua i 30 a 35 al N. de Peumo, entre los últimos declives occidentales de la sierra de Alhué, que se enlazan con la serranía aproximada al pacifico. Es de contornos cerriles i descampados literalmente. Por la inmediación del norte corre el riachuelo de Yali, que termina en la laguna i salinas de Bucalemo sobre la misma.”
Municipalidad de Loica
La municipalidad de Loica fue creada el 22 de diciembre de 1891, junto con otras cientos noventa y cuatro a lo largo del país. Esta aparece correlativamente en el numero 81 y su territorio comprendería las subdelegaciones 12 y 13 del departamento de Melipilla.
Fue en marzo de 1894 que se llevan a cabo las primeras elecciones municipales destinadas a elegir a los tres alcaldes y los seis regidores que conformarían el municipio. El resultado de la elección fue el siguiente: Francisco Santa Cruz, 109 votos; Enrique Bosso, 107, Jenaro Prado, 100 sufragios: Santos Segundo González, 97; Celestino Silva, Joaquín de la Sierra y Natalio Mesa, 80 votos; Joaquín Correa, 76; Senen de la Jara Quemada, Braulio Bustos y Lindor Álvarez, 73 sufragios, mientras que Fernando Briceño y Tadeo Maldonado Sumaron 71 Votos.
La sesión de instalación se efectuó el 27 de mayo de 1894 y no estuvo exenta de polémica. Las arduas disputas entre conservadores y liberales, cuando aún estaba fresco el recuerdo de la cruenta guerra civil de 1981 que termino con el suicidio del presidente José Manuel Balmaceda, se trasladaban hasta los gobiernos comunales. Es en este contexto que en la casa del hacendado Joaquín de la sierra, conservador, situada en el fundo Santa Rosa, se escenifica este momento histórico para el municipio Loicano.
Como queda de manifiesto, el nuevo municipio no tenía morada en Loica, que era la cabecera de la comuna, sino que debió sesionar en sus primeros tiempos en las casas patronales del fundo Santa Rosa Lo Sierra.
No fue un simple decreto el que cambio la cabecera de la comuna de Loica a San Pedro. En realidad, son una serie de hechos circunstanciales los que van a intervenir. En primer lugar, la naciente municipalidad no contaba con un local fijo donde sesionar. De hecho, la sesión inaugural, como ya dijimos, se llevo a cabo en las casas del hacendado de Santa Rosa, Joaquín de la Sierra. Luego, debe arrendarse un recinto en Loica a Francisco Undurraga, quien solicita que se desocupe la propiedad en mayo de 1903, razón por la cual el alcalde Nicasio Saavedra queda encargado de buscar un nuevo local. En consecuencia, por razones de arriendo el nuevo local se asienta en San Pedro aunque el segundo alcalde Roberto Santa Cruz advierte que la situación es ilegal, haciendo, por consiguiente, una indicación para que las oficinas municipales nuevamente se trasladen a Loica. La moción es aprobada y el propio Santa Cruz queda encargado de localizar una casa para su funcionamiento, lo cual quedo trunco con una nueva determinación de los municipales que la dejan sin efecto y deciden permanecer en San Pedro, en una casa que se arrienda a José Senén de la Jara Quemada.
Un año más tarde, en 1904, la idea de que la municipalidad permanezca en San pedro se asienta con fuerza, ya que se acuerda formar una comisión para comprar un terreno en la plaza del pueblo, en ese entonces propiedad del banco Santiago. Se concuerda gastar en la compra del sitio y la construcción del edificio la suma de 2000 pesos.
Pese a estar ya durante tres años en San Pedro, el tema de permanencia de la municipalidad en dicho lugar no estaba del todo establecido, solo el 6 de mayo de 1906 la situación se aborda con mayor rigor, argumentando los partidarios de que se mantuviera en San Pedro la presencia también en este lugar de las oficinas del registro civil, del correo y de la parroquia. Recordemos que en esos años no existía la separación Iglesia-Estado. Es entonces cuando se encarga al tercer alcalde Manuel Julio Farias “que se ponga al habla con don Federico Hermosilla para efecto de comprarle un terreno en San Pedro, donde se edificarán las oficinas municipales”.
Comprando el sitio, se inició la edificación de la primera casa consistorial, que se inauguró el 18 de septiembre de 1907, junto con la elaboración del aniversario patrio. Como el hito ameritaba una gran recepción, los municipales encabezados por el alcalde Guillermo González acuerdan gastar 250 pesos para agasajar con un almuerzo a los invitados para tan solemne ocasión. De esta manera, la municipalidad se radicó en San Pedro, aunque siguió llamándose Loica por las siguientes dos décadas.
Parroquias e iglesias
En 1744 el vecino Santiago Núñez regalo cincuenta cuadras de tierras en el lugar llamado San Pedro. Fue allí que el dinámico párroco Bernardo Carreño edificó lo que seria el segundo templo de esta extensa jurisdicción. Carreño había llegado el 31 de julio de 1730 a ocupar, en carácter de interino, el curato, que a esas alturas había variado su nombre al de San Pedro de Chocalán, cargo que asumió como titular en el 15 de octubre de 1732. “Al doctor Carreño se debió la construcción de la iglesia de San Pedro de Chocalán”, dice la relación de meritos y servicios de este sacerdote fechada en Madrid en febrero de 1753.
Bernardo Carreño era un hombre familiar para la zona y su paso lo refrenda también la fundación de la villa San Jerónimo de la Sierra, hoy conocida como villa Alhué, hasta donde llegaba este cura en los primeros años del naciente pueblo. Pero su relación venia de mucho antes, ya que en su condición de cura en los primeros años de párroco del curato concurría hasta el mineral de El Asiento. De hecho, Carreño participa directamente en el reconocimiento del lugar mas apropiado para elegir la villa de Alhué en enero de 1753, junto al corregidor Ignacio Baeza. Bernardo Carreño y Cisternas falleció el 28 de mayo de 1755.
El 2 de abril de 1857 un fuerte temblor azoto la zona a las 06:30 de la mañana, dejando a la iglesia de San Pedro en estado ruinoso, según lo consigna el subdelegado Pedro José López al gobernador del departamento de Rancagua, señalando que “esta completamente ruinosa, no ha quedado teja ninguna, las paredes enteramente desplomadas, con grietas de una cuarta de ancho. En una palabra no podrá ya componerse y será preciso abandonarla y edificar otra”
El cura José Ignacio Saavedra Construyo las nuevas edificaciones para la iglesia y casa parroquial a partir de 1858 la que traslado a un lugar distante doce cuadras de la iglesia antigua. El nuevo templo fue bendecido por el párroco Delfín Turriaga en 1879. El cura Federico Hermosilla efectuó algunos trabajos de reparación, los que debieron intensificarse tras el terremoto de 1906. Esta tarea le cupo al párroco de más larga estadía como tal, en total, treinta y cinco años, tiempo más que suficiente para no pasar desapercibido.
Extracto de la obra San Pedro de Melipilla...7 vidas de campos, inédita, de Hernán Bustos Valdivia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
