
"Allí, entre cerros que se ondulan levantándose macizos y desafiantes; donde los campos se visten de cientos de verdes y de colores dorados; donde las horas transcurren soñolientas; donde la misma mano teje la historia y el mismo surco cruza la tradición, allí está Alhué, valle y serranías".
Allí pretenden instalar una cárcel, que dicen sería para reos de baja peligrosidad, aunque, paradojalmente, el recinto sería de alta seguridad.
Alhué, es una tierra bellísima, apacible, donde se guarda un trozo del Chile de antaño, donde Carmelita Serrano tejía sus ponchos, donde don Camilo Azagra cantaba viejas tonadas, donde don Germán Allende paseaba sus años, donde don Hermógenes Menares tuerce los cueros, donde anduvo Inés de Suárez, donde también dicen que nació el diablo, un diablo a la chilena.
En ese lugar, donde se contemplan los Altos de Cantillana y sus manchones de milenarios robles; donde en los inviernos se puede apreciar el imponente morro de Talami; donde los caminos serpenteantes hablan de miles de secretos que también bajan por las aguas de los esteros; donde me enseñaron que los que se apresuran pierden el tiempo, desean establecer una cárcel
Una cárcel borraría para siempre el encanto de esa tierra que inspiró a Vicuña Mackenna, Justo Abel Rosales, Onofre Jarpa, Miguel Jordá, Margot Loyola y Aída Otaíza. Si hasta Pablo Neruda atesoró uno de sus más preciados tesoros, esa campana de la parroquia San Jerónimo que mira hacia el mar en las costas de Isla Negra.
Una cárcel es una herida para esa entrañable tierra de gente buena, donde el amor por ella se profesa desde siempre y donde hay que hacer muchos méritos para no ser considerado un afuerino. No bastan los años, sino lo bueno que se hizo por ella, como lo hizo el padre Gerardo Alkemade.
Curiosamente, ese hijo ilustre de Alhué que vino a Chile buscando la paz, tendría como vecina la cárcel, lo mismo que los lugares que cobijaron a Toro y Zambrano. Tan fuerte es la historia y la tradición en esa zona, que sus poco más de 4.000 habitantes cuentan con dos museos, con su pueblo Zona Típica y con su iglesia monumento nacional.
Sin embargo, de la noche a la mañana, en el más absoluto sigilo, se pretende llevar a miles de afuerinos, que por desgracia o intencionalmente han delinquido, para recluirlos en un lugar que está más cerca del paraíso que de ser un infierno.
Por eso pregunto, ¿por qué en Alhué?. ¿Acaso es malo que su gentiles vivan apaciblemente, con los problemas cotidianos, claro, como todos? ¿Acaso es malo que exista un rincón para la contemplación y las largas conversaciones? ¿Acaso es malo que una comuna de la región Metropolitana viva orgullosamente su ruralidad?
Lo que digo no es por antojo ni capricho. Tuve la suerte de escribirle dos libros a Alhué y de haber vivido allí dos años y vuelto innumerables veces, recorriendo todos y cada uno de sus rincones. Conocí a don Segundo Gamboa, a doña Estela Meza, a don Miguel Fabio, a don Santiago Castro, a don Pablo Donoso, a don José Guzmán, a don Cecilio Quiroz, al ermitaño Juan Reyes, a don Herminio Martínez y a don Desiderio Quintanilla; a doña Polucema Valdenegro, doña Luisa Amigo y tantos otros y otras a los que les escuché hablar con tanto orgullo de su tierra, de sus vivencias, del cariño por ese rincón de serranías que les cobijó desde el primer despertar y, en muchos de estos casos, hasta el último suspiro antes de la eternidad.
¿Tendrán que hablar sus descendientes de una cárcel o tendrán que narrarle a sus hijos y nietos de las batallas que emprendieron para evitar que se marcara esa cicatriz en el rostro y las almas de quienes quieren y queremos entrañablemente a Alhué?
Hernán Bustos Valdivia
Periodista
Junio de 2011.

